Dr. Pedro Chávez Murad
Cada vez es más común escuchar que los jóvenes prefieren ya no casarse, o los casados prefieren no tener hijos, o los casados con hijos terminar por separarse ante las primeras dificultades de la vida en pareja.
Hoy, estamos viviendo escenarios de crisis, donde los riesgos que se presentan son de guerras mundiales, de una segunda pandemia, de crisis financieras catastróficas o la aparición de las IA´s con sus consecuencias de disminución para el mundo de las ofertas laborales.
Y ante todo ello, argumentan los jóvenes, en medio de la incertidumbre y del miedo, que no hay razón para casarse, o traer niños a este mundo, o estar sufriendo a lado de alguien, si es que la vida es tan efímera y con tantos riesgos, ¿para qué sufrir?
Desde un posicionamiento superficial, sus argumentos podrían parecer consecuentes ante los escenarios apocalípticos que parecen avecinarse sobre la humanidad.
¿Pero que hay más debajo de este “sentido común” que llama a no arriesgarse?, a veces podríamos pensar que se trata de siempre egoísmo, pero si pudiéramos ver con un poco de más atención, tal vez podríamos identificar que se trata de heridas emocionales no sanadas que llevan a las personas a mirar la vida con miedo e indecisión, asustados del dolor y validando el pretexto de que como ya se va a acabar el mundo, pues no vale la pena sufrir, esforzarse o comprometerse
Ciertamente las ideas apocalípticas se han ido exacerbando cada vez más en los últimos años. Tuvimos el caso del milenarismo, cuando la humanidad se encontraba próxima a celebrar la llegada del año 2000, eran muchas las voces que se acabaría el mundo, y muy pocas las voces que hablaban de esperanza, como fue el caso del libro: “Cruzando el umbral de la esperanza” de San Juan Pablo II.
También cuando se acercaba la fecha del 2012, hubo quienes según el calendario maya interpretaron que sería el fin del mundo, y visiones igualmente alarmistas y cada vez más incisivas, alertan de que ya estamos viviendo los últimos tiempos de la humanidad, cada vez que hay una guerra, enfermedad o alineación de los astros.
Regresando un poco a las heridas emocionales, podemos comprender que las personas lastimadas y que no han logrado sanar sus condiciones de vida, o que incluso las continúan viviendo porque las siguen replicando, sean quiénes al no desear más dolor en sus vidas, prefieren alejarse del compromiso o de cualquier situación que les implique la posibilidad de volver a salir lastimados.
No se trata solamente de personas egoístas, pues el egoísmo puede ser la máscara del dolor, y por ello es imperativo sanar emocionalmente.
Sanar para crecer.
Crecer para comprometerse.
Comprometerse para amar.
Y amar para dar testimonio de una vida que aún con los imprevistos y contingencias, se puede disfrutar y evidenciar que hay un sentido de trascendencia en todo esto.
Que no estamos en este mundo para gastarnos la vida, para solo tartar de estar contentos y ver pasar los años, sino que es necesario darnos cuenta de que estamos en este mundo para cambiarlo, cambiándonos a nosotros primero, a través de nuestras relaciones con la familia, las amistades y entornos laborales.
Que la familia es un reto que trasciende nuestras fuerzas, y por ello no podemos dar la batalla en solitario.
Y para que la batalla tenga sabor de triunfo, es necesario atendernos emocionalmente, ya sea en lo individual, en pareja o familia, así como también tener como aliados nuestros a María Santísima y a nuestro Señor Jesucristo, para proveernos de las gracias sobrenaturales necesarias.

