Raquel Jiménez Cerrillo
Psicóloga Clínica y Bioeticista
Hoy más que nunca, frente a los retos que nos presentan las nuevas tecnologías digitales especialmente la Inteligencia Artificial en la educación, vale la pena detenernos en la reflexión de lo que significa la familia, su vocación y función educadora para el fortalecimiento de la sociedad en el S.XXI.
La educación va más allá de un proceso de adquisición de conocimientos, saberes, experiencias y destrezas que permiten a las personas desarrollarse y alcanzar metas, es además un proceso continuo que acompaña al ser humano a lo largo de su vida.
Además de la escuela, la familia, la sociedad y otros vínculos constituyen entornos significativos de los procesos de aprendizaje y educativos.
La familia es la institución social fundamental, en la cual la persona es recibida y sostenida a lo largo de toda su vida. En ella se aprende a ser persona, se experimenta el encuentro y se aprende a ser amado de manera incondicional. Es la primera y más importante escuela de humanidad.
Lo que finalmente somos como personas depende de muchos factores: nuestra carga genética, el ámbito social y cultural, las experiencias de vida, pero innegablemente la familia como institución cumple funciones insustituibles en la formación de sus miembros como personas íntegras, felices y útiles a la sociedad y al mismo tiempo está orientada a la ayuda mutua entre sus miembros, sería muy difícil entender a los seres humanos al margen de sus relaciones y dinámicas familiares.
La educación formal, asumida en la historia por el Estado, no reemplaza la educación familiar, por el contrario, la debe complementar. Por ello la interacción entre educación informal y educación formal no solo es necesaria, sino imprescindible. Cuando la interacción se soslaya, se abren profundas brechas en desconocimiento y desinterés entre las partes, llevando a la irresponsabilidad de la familia hacia la educación escolar.
Es importante que la familia tenga presente su labor como agente educador primario, otros agentes como la escuela o el estado pueden ayudar, pero quedarán vacíos en la formación de la población que resultan promotoras o caldo de cultivo de los riesgos psicosociales que en el presente vive la sociedad, tales como la desintegración familiar, adicciones, niños en situación de calle, prostitución, violencia, pobreza, tráfico de menores, entre otros.
Por ello padres y madres de familia hagan efectivo su derecho, hoy plasmado en la Constitución que nos rige, a educar a sus hijos, a participar y decidir sobre los contenidos que la educación formal provea.
Cuando la familia participa activamente en el centro educativo, se abren oportunidades para que el desencuentro existente en los valores se logre erradicar, solo el diálogo y la participación activa podrán superarla. Ello nos llama a transformar el paradigma actual de la educación escolar, creando condiciones para construir comunidades de aprendizaje, lo cual demanda derribar muros físicos e invisibles y gestar una educación compartida entre autoridad y familia.
Construyamos una sociedad más justa y pacífica fortaleciendo a la familia…claro que es posible.

