La experiencia como padres

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“Para ser padres no se estudia”…crecí escuchando esa frase a mi alrededor, de niña la oía entre los adultos, actualmente aún la escucho y sigue resonando en mi cabeza. Parecía una especie de justificación ante las acciones que como padres se llegaban a cometer y la duda de que estas acciones fueran las correctas. Ciertamente no hay una Licenciatura en: “Cómo ser un buen padre o cómo ser una buena madre” sin embargo creo que hoy más que nunca hay información a nuestro alcance para los papás a quienes nos interesa desempeñar de la mejor manera nuestro papel y con ello ayudar a desarrollar las habilidades y fortalecer el carácter de cada uno de nuestros hijos facilitando los caminos que ellos mismos recorrerán.

En lo personal cuando me convertí en mamá, pasaron muchas ideas y preguntas por mi cabeza, ¿qué sigue? ¿qué debo hacer en tal o cual situación? ¿qué garantiza que mis acciones como madre me harán sentir, ya no digo orgullosa, sino al menos satisfecha en mi labor de mamá? Me dio por leer libros relacionados a la paternidad, algunos que me recomendaban, otros que descubría, algunos atrapaban mi atención, otros no tanto, pero todos los que leía finalmente iban encaminados a la gran labor de ser madre y sin duda, leer las diferentes posturas, las experiencias de distintas personas, me aportaron mucho, aunado a la información científica que previamente había revisado y que me serviría para impartir mis clases en mi labor docente y las asignaturas que tenían relación con el tema y que previamente había impartido, pero obviamente habían tomado más sentido ahora que era mamá.

Hoy, después de quince años de estrenarme como mamá, me doy cuenta de que nunca es suficiente, que toda la información revisada no basta para obtener todo el conocimiento y la experiencia que se requieren para ser una super mamá y que cada etapa que voy descubriendo al lado de mis hijos es un reto nuevo y distinto al del otro hijo, pues ya de por si son muy diferentes entre ellos. Sin embargo, el hecho de buscar la preparación me hace sentir satisfecha, al esforzarme por mejorar.

Toda esta reflexión me ha llevado a pensar que, los mayores aprendizajes que se obtienen como profesionales de la salud, se confirman y se fortalecen con la experiencia misma de ser mamás o papás. Sin embargo, me he dado cuenta también a partir del mismo ejercicio profesional, de que la experiencia vivida o las vivencias acumuladas, son arma de dos filos, porque, así como abona para el desarrollo y crecimiento de la persona, también es una limitante, pues en mi práctica profesional clínica, veo todos los días cómo influye mucho más en el estilo de crianza, la vivencias que venimos arrastrando, ya sean positivas o no tanto y que aunque no estemos convencidos de cómo fueron, aun así, muchas veces, las repetimos.

La forma en que fuimos educados por nuestros padres o tutores, o bien, las ausencias mismas de una o de ambas figuras, la disciplina en el hogar, el trato que se daban nuestros padres entre ellos, el afecto que recibimos de parte de ellos, el ejemplo que vimos siendo ellos nuestros modelos, de la forma de tratar a sus compañeros, amigos, vecinos, empleados, esto y mucho más es lo que nos ha formado, lo que nos ha enseñado más que los libros, más que la escuela, más que la ciencia y eso puede ser una base valiosa y a la vez puede ser algo que estorbe para la dinámica de nuestra siguiente generación, de la cual somos responsables. Por lo tanto he descubierto que lo más importante es hacer un análisis de cada situación y rescatar lo valioso, lo que queremos repetir y cuestionar lo que no, eso no nos hace malos hijos, pues la lealtad va mucho más allá de repetir ciegamente los patrones y las palabras aún cuando no las entendemos. La lealtad también tiene que ver con dejar el mejor legado a nuestros hijos y a nuestras siguientes generaciones y si para ello necesitamos mejorar las formas con las que hemos crecido, necesitamos atrevernos a hacerlo, a actuar de esa manera siendo congruentes con una realidad que es la combinación de nuestro ideal y de las mejores prácticas de nuestros padres, pero para esto, también es necesario atender nuestras emociones para sanar nuestras heridas de tiempo atrás.

De todo lo que aprendimos en nuestra familia de origen, hay situaciones que traemos impregnadas en nosotros mismos, algunas solamente de forma, por ejemplo el orden que le damos al proceso de una receta de cocina, o el lugar que le damos en casa a un libro o a la pasta de dientes, cosas que tal vez no son tan relevantes; pero hay algunas situaciones de fondo, que reflejan más una cuestión estructural de la familia, que impactan más en nuestras relaciones sociales y familiares por ejemplo la forma de comunicar las expectativas que tenemos del otro, me viene a la mente un padre de familia cuyo padre a su vez había sido muy exigente con él al punto de la violencia, en este caso él no se había dado cuenta pero esa violencia le había hecho mucho daño y no fue sino hasta que tuvo una crisis familiar, cuando se atrevió a atenderse y a percatarse, no sólo de que la misma exigencia la aplicaba a sus hijos de la manera en que la aprendió y ellos estaban siendo altamente presionados, sino que esa gran exigencia lo llevaba a la frustración y luego a la violencia, y ésta frustración y violencia la aplicaba para él mismo, siendo su propio verdugo y recriminándose todo el tiempo sus errores. Cuando se atrevió a atenderse en un proceso psicoterapéutico hasta sanar, entonces le fue más fácil cuestionar si esa manera que él había aprendido era la mejor para su familia que ahora él había formado, si esa era la única manera de mostrar sus expectativas, o si ser un poco tolerante le vendría bien para la armonía en su hogar. Revisar lo que en su infancia y en su familia de origen había aprendido, le sirvió para trabajar en sanar las heridas que nunca había atendido, porque no se había percatado de ellas, y entonces proponer una manera nueva y diferente de interacción para implementar en su familia por el bienestar de la misma.

Así que no es tan simple como decidir repetir o no repetir patrones en nuestras relaciones sociales y familiares, no basta únicamente con tener la intención, hay veces que existe la intención pero no sabemos cómo hacer o realmente no podemos y necesitamos ayuda, definitivamente se necesita trabajar en nuestra historia para sanar y entonces estaremos listos para tener una visión diferente, más objetiva, más clara, un recuerdo de lo que vivimos y qué de eso nos afectó positivamente y qué nos afectó negativamente, una vez revisado y sanado, entonces será más fácil diseñar formas nuevas de proceder en nuestro ejercicio diario de comunicación y convivencia sana para nuestra familia y así estaremos otorgando la misma posibilidad a nuestras siguientes generaciones, ya que la solución no es aspirar a la perfección, pero sí a pensar y a prepararnos, a leer, a cuestionar, a analizar, a tratar nuestras emociones con un experto, a decidir cuáles son las mejores prácticas en la interacción familiar, revisando las características propias de la familia y con ellas sus necesidades, para entonces actuar, como diseñar un traje a la medida, así, diseñar una crianza a la medida.

Por: Ruth Gabriela Vargas Pinto.

Maestría en
Ciencias de la Familia

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