por Mtra. Claudia Orozco
Como terapeuta de pareja, he escuchado en varias ocasiones que los esposos no se separan por el bien de los hijos. Eso es una afirmación de mucho peso, pero con frecuencia se malinterpreta.
No se trata de “esperar” a que los niños crezcan para después divorciarse. Si la relación de pareja es destructiva, aunque los padres intenten poner a los hijos primero y permanecer juntos, siguen enseñándoles – con el ejemplo – qué es el amor y cómo funciona una relación. Los hijos aprenden observando cómo se tratan sus padres entre sí.
No hay una “edad adecuada” de los hijos para divorciarse. El golpe en los hijos será siempre estructural. Pensemos que los hijos están parados sobre dos rocas que sobresalen de un lago, un pie en cada roca. Si estas rocas empiezan a moverse y se alejan la una de la otra, los hijos van a empezar a perder el equilibrio hasta caerse en el lago. Los hijos que caen a ese lago necesitan acompañamiento para aprender a nadar, pero eso será motivo de otra entrada de blog.
Hoy quiero hablar de las parejas, las rocas de las familias. Con estas palabras no es mi intención lastimar a ninguna pareja que esté pasando por el doloroso momento del divorcio, al contrario, quiero enfatizar la razón fundamental por la cual los esposos son la base de la familia. También, entiendo que hay diferentes tipos de familias y todas las familias son acogidas y respetadas. En este momento me dirijo a las parejas que consideran que lo más importante de su familia son sus hijos.
Habiendo dicho esto, comento que, efectivamente, los hijos tienen un peso impresionante en la familia. Mientras más pequeños sean, más consumen nuestro tiempo, nuestra energía y nuestra atención. Conforme van creciendo, van representando diferentes desafíos en la crianza.
Si verdaderamente se quiere que los hijos estén bien, es FUNDAMENTAL que la relación de pareja sea sana. La manera en que papá bien trate (o maltrate) a mamá (y viceversa), será la manera en que los niños van a internalizar cómo se trata a una mujer o un hombre.
Es en la familia donde los hijos forman paradigmas (creencias) acerca de qué es una mujer, qué es un hombre, qué significa un matrimonio, para qué sirve una familia, cómo se demuestra amor, cómo debemos dejarnos amar, cómo resolver las dificultades, cómo hablar, cómo llegar a acuerdos, cómo gestionar emociones que nos descontrolan, cómo soñar juntos, hasta dónde llegar juntos, cómo acompañarse en momentos de pérdida y en momentos de felicidad, y un largo etcétera.
Si lo más importante para los padres son los hijos y darían “lo que fuera” porque ellos estén bien; el reto es donarse a su pareja para que esas dos piedras sean sólidas y fuertes. Los padres, antes de ser padres, son pareja.
En conclusión, no digo que “se separen por el bien de los hijos”, sino que por el bien de los hijos, se amen: ¡ámense mucho, ámense siempre! Elijan todos los días, incluso en medio de las adversidades, crezcan como pareja y sigan caminando de la mano al Cielo.

