Seminario Internacional: El hombre actual y el sufrimiento humano. Primera ponencia: Dr. Pilar Gimenéz

Seminario Internacional: El hombre actual y el sufrimiento humano
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La respuesta de la Modernidad y Postmodernidad a la pregunta por el hombre.

Ideas y creencias:

Cuando yo quiero entender a un hombre, la vida de un hombre, procuro ante todo averiguar sus ideas, y no sólo las ideas que él tiene sino las ideas de su tiempo. ¿Cómo no van a influir en la existencia de una persona sus ideas y las ideas de su tiempo?. Como señala Ortega y Gasset, cuando intentamos determinar el pensamiento de un hombre o de una época, debemos distinguir entre sus creencias e ideas. Las ideas se tienen, en las creencias se está. Las ideas aparecen como el resultado de nuestra ocupación intelectual, mientras que las creencias generalmente son poco elaboradas, operan de manera inconsciente en el pensamiento de los hombres y rigen su conducta. Aunque nosotros no seamos conscientes de estas creencias, éstas existen y están presentes en la sociedad en la que vivimos: empapan la cultura (a través de los mensajes que recibimos en la publicidad y los medios de comunicación) y condicionan en mayor o menor grado nuestro pensamiento y nuestra conducta.

Es obvio que el pensamiento entendido como conjunto de ideas propias de una persona, colectividad o época condiciona la vida de los hombres. Vivir es relacionarse con la realidad; y el hombre necesita formarse una idea de las realidades en relación con las cuales desarrolla su existencia concreta. Dicha idea o representación de la realidad determina de este modo la vida humana: un pensamiento elevado que alberga grandes ideales ennoblece la vida, un pensamiento ruin la envilece.

Si nos preguntasen a quemarropa qué caracteriza nuestro tiempo y al hombre de nuestro tiempo, responderíamos: el cambio y la confusión. Todo parece cambiar, además, a gran velocidad. En efecto, cambian las fronteras, los sistemas políticos, las relaciones comerciales, etc. Compárese, por ejemplo, la realidad y proyecto de la Unión Europea hoy y hace tan solo unos años, por no decir cuando se firmó el tratado de Roma; o la España de 1975 y la de veinticinco años después, 2000; la caída del muro de Berlín; el desastre de las Torres gemelas… Cambian las relaciones humanas en todos los ámbitos: docente, laboral, familiar, social, etc. Piénsese en los cambios introducidos por el desarrollo técnico… Nada parece ser lo que era, nada parece ser lo que es. Ante este constante y a veces vertiginoso fluir el hombre está perplejo, confundido. Tiene la misma sensación que el bañista que en la playa se adentra en el mar y llega a perder pie.

Veamos a grandes rasgos las creencias vigentes en las sociedades occidentales en las que la cultura todavía dominante suele denominarse Modernidad. Sin embargo, los autores más rigurosos y autorizados coinciden en indicar que la Modernidad ha entrado en crisis[1] y cede su puesto a la Postmodernidad.

Si como hemos dicho, entender al hombre es, en gran medida, averiguar su pensamiento y éste está compuesto de ideas y creencias, vamos a pararnos a reflexionar sobre las creencias que constituyen la mentalidad propia de la sociedad de nuestros días. Con una mirada crítica, vamos  a analizar a grandes rasgos las creencias vigentes en nuestra sociedad actual.

Rasgos de la mentalidad moderna:

La palabra Modernidad tiene una connotación específicamente ideológica y filosófica: significa una actitud mental que, aunque llega a ser dominante en la Edad Moderna, no se circunscribe exclusivamente a un período de la historia. No se puede identificar el término Modernidad con el de Edad Moderna. Este último designa un período de la historia que va desde el final de la Edad Media hasta la Revolución Francesa.

Secularización:

Uno de los aspectos más relevantes de la Modernidad es la secularización, es decir, la ruptura y el progresivo distanciamiento entre lo divino y lo humano, entre la revelación y la razón. La lenta y sucesiva sustitución de los principios y valores cristianos, que habían dado unidad y sentido a los pueblos europeos durante al menos diez siglos, por los valores de la razón pura. El hombre de hoy en día aún en el caso de que crea en la existencia de un ser superior, ya no vive su vinculación con éste de modo profundo como ocurría en otras épocas. La secularización se entiende no como el proceso mediante el cual diversos ámbitos de la vida social como son la política, la economía, el saber, la educación, etc.. han dejado de ser dominados por la religión y en concreto por la Iglesia, cosa que entraña aspectos muy positivos en cuanto supone el acceso de la sociedad a su mayoría de edad, sino como la pérdida del sentido de lo sagrado y lo trascendente.

Cientifismo:

El vocablo ciencia proviene del latín scientia, el equivalente del griego episteme, y según la definición clásica es cognitio certa per causas, conocimiento cierto por causas. Hay sin embargo cierta ambigüedad en el empleo actual de la palabra. El lenguaje vulgar, que devela la mentalidad común, suele restringir la palabra ciencia a las ciencias empíricas con exclusión de las ciencias del espíritu[2].

La revolución científica llevada a cabo por Kepler, Copérnico y Galileo fue una refutación al sistema aristotélico que había estado vigente hasta el siglo XVI. Pero no sólo consistió en una crítica al sistema científico anterior, sino que creó un nuevo paradigma científico basado en el tratamiento matemático de la naturaleza, en la búsqueda de respuestas a la pregunta del cómo en lugar del porqué y en dar un protagonismo exagerado a la experiencia y a las ciencias experimentales, quedando las ciencias teóricas y especulativas un tanto apartadas. Todo esto trajo como consecuencia el cientificismo, corriente de pensamiento según la cual, el único conocimiento riguroso es el científico, el experimental.

Gracias a su método peculiar, la ciencia experimental y la técnica lograron desde el comienzo de la Edad Moderna éxitos sorprendentes. El conocimiento científico se tradujo pronto en capacidad técnica, en dominio de la realidad material, producción de artefactos y aumento del bienestar de los hombres y los pueblos. Como los éxitos se multiplicaron asombrosamente, se llegó a pensar que un conocimiento científico muy elevado traería consigo una técnica muy perfeccionada, un dominio total de la realidad y un grado sumo de bienestar y felicidad. Se configuró así el mito del eterno progreso, la convicción de que el progreso de la humanidad es lineal, creciente, constante. El mito del eterno progreso está estrechamente vinculado con el ideal de dominio característico de la Modernidad. Vinculación que establece una falsa identificación entre progreso (perfeccionamiento) y dominio.

La ciencia experimental de la naturaleza hizo realidad un sueño largamente acariciado por la humanidad: un tipo de conocimiento universal y necesario, preciso y demostrable. Fascinados por este éxito y cediendo a una especie de tentación, destacados espíritus perdieron conciencia de la limitación del método científico-experimental y creyeron poder extrapolarlo a toda la realidad[3]. Consecuencia de esta actitud intelectual es el cientismo.

El cientismo es una corriente de pensamiento según la cual el único conocimiento riguroso que puede tener el hombre de sí mismo y de cuanto le rodea es el científico. El cientifismo es un tipo de pensamiento fundamentalmente objetivista, es decir, se relaciona con la realidad considerándola a ésta como un objeto. El problema surge cuando se convierte en un modo de pensamiento habitual en todo momento, en todo lugar y para cualquier tipo de realidad; cuando se considera que el único conocimiento riguroso que puede tener el hombre de sí mismo y del mundo es el científico; cuando se afirma que el pensar filosófico, estético, religioso no da conocimientos válidos al no poder ser demostrados científicamente. Y esto es lo que sucede en nuestros días.

Pero esto supone una visión unilateral de la realidad, ya que la ciencia no agota el conocimiento de la realidad, cada aspecto de lo real exige un método distinto de conocimiento. El pensamiento científico considera a las cosas como meros objetos. Sin embargo, hay realidades que no son únicamente objetos, sino ámbitos de realidad y que necesitan otra perspectiva de consideración. Aquello verdaderamente importante para el hombre, como el amor, la cultura, el arte, no puede considerarse desde una perspectiva científica. Ver ciertas realidades única y exclusivamente desde un punto de vista científico puede resultar empobrecedor y no hace justicia al ser de ciertas cosas.

Hay pues una creencia generalizada en el carácter riguroso de la ciencia y en el talante subjetivo de la filosofía. Sin embargo, el hombre es mucho más que lo que dice un libro de anatomía sobre él, es un universo de relaciones no cuantificables. La ciencia no puede responderme a cuestiones fundamentales como ¿qué hago yo en el mundo?, ¿qué fines deben orientar mi vida?, ¿cómo usar mi libertad? o ¿qué sentido tiene mi existencia?.

El cientismo no logra descubrir que la realidad -singularmente la realidad humana- es compleja, y que cada aspecto de lo real exige un método peculiar de conocimiento para darse a conocer. Las vertientes de la realidad que estudian el arte, la filosofía, la religión y otras disciplinas semejantes no pueden ser captadas, efectivamente, por el conocimiento científico. Sin embargo, estas realidades son, precisamente, las más importantes para que la existencia del hombre tenga sentido. Como afirma Gabriel Marcel, no es que nosotros desconfiemos de la ciencia, sino que denunciamos la ilusión de aquellos que aguardan de ella lo que en ningún caso puede dar: conferir un sentido a nuestra vida[4].

Clausurado el camino que conduce a las realidades genuinamente humanas, la vida del hombre se empobrece inevitablemente. En esto consiste la terrible mutilación de los espíritus anunciada más arriba. El hombre actual desprecia vías eminentes de acceso a la realidad como el amor, la intuición, la poesía, el juego, el querer, el dolor… y, lo que es más triste, la vida que en ellas tiene lugar.

Relativismo:

Como consecuencia de lo anterior, en el ámbito de la filosofía o del pensamiento se produce un rechazo hacia la metafísica que nos lleva a caer de lleno en la subjetividad y en el relativismo, es la opción por la inmanencia, el fin de la apertura a la trascendencia.

            La verdad no es objetiva, ya no es igual a la realidad sino que depende de cada persona. Ya no hay verdades absolutas, universales, validas y necesarias para todos los hombres. La verdad está en constante cambio, según el juicio de cada uno.

            El célebre “cogito” de Descartes marca el comienzo de esta opción moderna por el relativismo: si no existe la verdad y depende de cada sujeto, todo está permitido, todo vale, no hay normas objetivas: cualquier conducta de autorrealización vale, ¡cualquier conducta, libertad sin límites!. Sin una verdad o unos valores a los que atenerse, la libertad se convierte en absoluto. La libertad se define como espontaneidad o ausencia de todo criterio normativo. Como consecuencia de esto asistimos a una falta de moral, cada persona debe inventar su propia respuesta moral, no hay reglas ni deberes, cada uno decide libremente lo que está bien y lo que está mal y actúa en consecuencia.

El relativismo defiende el hecho de que admitir verdades absolutas, lleva directa y necesariamente a la intolerancia. La tolerancia sólo puede fundarse en la negación de tales verdades. Cualquier pensamiento, cualquier forma de ver la vida, cualquier teoría, es válida con tal de que la sostenga alguien. Si todo vale, debemos ser tolerantes y evitar hacer juicios de valor. Así por ejemplo valorar negativamente lo que alguien piensa o hace en terrenos como el de su conducta sexual es de seres dogmáticos y políticamente muy incorrectos, pues equivale a declararse en posesión de la verdad.

 Pero si la verdad existe todo es diferente, hay un norte para nuestra conducta, unos valores y criterios objetivos a los que ajustarse.

Materialismo y Consumismo:

También estamos asistiendo a la cultura del tener y no del ser. Si el hombre es, como afirmó Marx, sólo materia y se niega su espiritualidad, su ser trascendente, es lógico que vivamos en una sociedad materialista y consumista. “Tanto tienes, tanto vales” el comprar, gastar y poseer se vive como una nueva manera de libertad.

Por otro lado, el capitalismo, un sistema económico, una manera de organizar la economía ha traspasado las fronteras de lo estrictamente económico para convertirse en un modo característico de ser y reaccionar ante la vida, en un ingrediente más de las creencias.

El dinero que en su origen era un medio para medir el valor de las mercancías y favorecer el intercambio comercial, se ha convertido en un fin en si mismo. En el universo capitalista el dinero es la medida del éxito personal, la medida de todas las cosas. De ser mero medio se ha convertido en el fin supremo. El lema del hombre postmoderno, el “Carpe Diem” (aprovecha el momento) se centra desde esta creencia materialista, exclusivamente en la comodidad y el bienestar. Es la cultura del tener y no del ser.

En oposición al sistema gremial del Medievo, en el que se trabajaba para vivir, para satisfacer las necesidades primarias del hombre; la finalidad radical del capitalismo es, a juicio de muchos, la obtención del máximo beneficio económico: el enriquecimiento. La implantación de modo casi absoluto de esta categoría, el beneficio, ha operado una grave subversión de valores característica del mundo de hoy: la trasmutación del ser por el tener.

Rasgos de la mentalidad Postmoderna:


La Ilustración, cima más alta de la Modernidad, nació con un espíritu optimista y utópico, convencida del progreso continuo e ilimitado de la humanidad recién ingresada en la “mayoría de edad”. Los deslumbrantes logros de la ciencia moderna apoyaban tan esperanzados vaticinios. ¿Podía alguien pensar, en el siglo de Newton y de Kant, que la felicidad del género humano no estaba al alcance de la razón ilustrada?

 De hecho, el desarrollo científico-técnico propició la Revolución Industrial del siglo XIX y, con ella, la aparición de una nueva utopía: el capitalismo. Los capitalistas creían también en una nueva sociedad de hombres felices a la que se llegaría gracias al incremento de la producción y la riqueza. Sin embargo, enseguida quedó patente que semejante utopía era una especie de paraíso privado al que sólo accederían unos pocos, mientras grandes masas de hombres, mujeres y niños quedaban condenados al infierno de la inhumanidad y la miseria.

 Surgió así, como reacción a los excesos del capitalismo feroz, la utopía de las utopías, el marxismo. Como es bien sabido, Marx -cual médico social- diagnostica que el auténtico morbo que corroe las entrañas de la sociedad es la existencia de clases, entre las cuales se establece una conflictividad inevitable. Con nuestra perspectiva, podemos contemplar adónde ha llevado al hombre la utopía marxista. En todo caso, nos interesa ahora subrayar lo que todas las utopías modernas (sin perjuicio de que la utopía marxista sea paradigmática) tienen en común: por un lado, la sustitución del “Reino de Dios” por el “reino de los hombres”; por otro lado, la suposición de que es posible hacer feliz al hombre transformando las estructuras en las que el hombre está inmerso.

 Al perseguir un ideal falso, el hombre violenta la realidad y ésta acaba vengándose siempre. Dicha venganza consiste en que el hombre deja de colmar las necesidades que brotan de lo más profundo de su ser, se queda a años luz de su plenitud o autorrealización[5]. La insatisfacción o malestar que tantos hombres han experimentado y experimentan no es sino un síntoma de lo que estamos describiendo. El fracaso histórico de las utopías ha generado en el hombre moderno un peculiar sentimiento de desencanto y desesperanza al que llamamos Postmodernidad.

 La razón y la ciencia -su fruto más prestigiado- han conseguido enormes adelantos para la humanidad, pero también han hecho posibles el Holocausto, Hiroshima y Nagasaki, así como la destrucción de la Amazonia, de la capa de ozono y multitud de especies animales (a parte de las incontables amenazas para la dignidad humana en el ámbito biomédico: aborto, eutanasia, clonación…). Las sociedades capitalistas, por su parte, han accedido a cotas altísimas de confort y bienestar, pero olvidándose de bien-ser, las corroe el gusano del tedio y el sinsentido.

 La consecuencia final del fracaso de las utopías es, pues, la renuncia a buscar fundamentos últimos en los ámbitos del ser y del deber ser. Esto se concreta en las tres grandes coordenadas de la Postmodernidad*: el pensamiento débil -en lo teórico-; el ocaso del deber -en lo moral-; el nihilismo -como talante o tono vital-.

El Nihilismo:

Tras el fracaso de las utopías inmanentes (capitalismo y comunismo) y debido a la insatisfacción y el vacío existencial que siente el hombre moderno al experimentar el hastío del consumismo aparece como reacción una forma de pensar y de estar ante la vida que es el nihilismo. Este no reconoce la existencia de ningún ideal por el que merezca la pena luchar.

Nada es verdadero, nada es valioso, nada tiene sentido. Nuestro mundo dista mucho de ser perfecto, pero se ha perdido toda esperanza de ser cambiado. La actitud recomendada es la resignación y la aceptación.

No se piense, con todo, que esta sensación de desengaño y vacío ha aparecido por primera vez en la Postmodernidad. Ya en el siglo XIX, este mismo sentimiento sobre el mundo moderno se había apoderado de los románticos. Y a los existencialistas de hace cuatro décadas los caracterizó precisamente la afirmación del abandono o desamparo del ser humano en medio de un mundo sin sentido. Ahora bien, tanto los románticos como los existencialistas vivieron nostálgicos y atormentados esta situación. Los hombres de la hora postmoderna, por el contrario, prefieren encarar el sinsentido con una sonrisa irónica, sin nostalgias ni temores. El suyo es, pues, un nihilismo sin tragedia.

El Hedonismo:

 Desdeñadas las aventuras heroicas, el hombre postmoderno no tiene otra ambición que pasar discretamente por la existencia y evitar desengaños. Del nihilismo se pasa, por tanto, sin solución de continuidad, al hedonismo. Si el futuro no está en nuestras manos, no queda más salida que afincarse definitivamente en el presente e intentar sacarle todo el “jugo”. Estamos pues frente al hedonismo, que ensalza el placer como máximo bien.

 Pasarlo bien a toda costa es el nuevo código de comportamiento, lo que apunta hacia la muerte de los ideales y a la búsqueda de una serie de sensaciones cada vez más nuevas y excitantes. La actitud hedonista, por otra parte, se combina habitualmente con el activismo, por lo que los hombres se entregan febrilmente a la acción con una sola meta: triunfar en el plazo más inmediato posible, dominar sobre personas y cosas, disponer aquí y ahora de lo apetecido. Esto genera un deseo de evasión frente al dolor y las ataduras, un rehuir toda confrontación con el sufrimiento, la responsabilidad, los compromisos, los proyectos. Así se explican fenómenos tan extendidos como la drogadicción, la diversión frenética, la adicción al trabajo, la ludopatía,… y en última instancia, el suicidio.

El hombre de hoy en día, corre y se afana con velocidad cada vez más acelerada, sin tener clara su meta, precisamente por no caer en la cuenta de que no va hacía algún sitio.

Fisonomía del hombre actual

  • No se pueden alcanzar verdades definitivas y para todos
  • Tolerancia pasiva: todo vale
  • Asepsia en sus compromisos, indeferencia: se tolera todo porque todo vale nada
  • Pensamiento débil, hecho de verdades provisionales, que cambian
  • Convicciones sin firmeza: “Hombre Light”
  • Hipervalora el sentimiento y el instinto: no hay verdades, sino apetencias que simplemente piden ser satisfechas
  • Su norma de conducta es la vigencia social, lo que se lleva y está de moda
  • Corre sin saber cuál es su meta, a dónde llegar y porqué
  • Crisis de identidad del hombre, de la concepción de la persona, hombre desintegrado, que ha extraviado su rostro y no se reconoce a sí mismo…



[1]Una exposición magistral y didáctica de la Modernidad* y de la Postmodernidad*, asequible al lector culto no especializado, se encuentra en la ya citada obra de Carlos Valverde, Génesis, estructura y crisis de la Modernidad, de obligada lectura. Véase nota 3.

[2] La restricción de la extensión del término ciencia se debe a varios factores: tradición positivista y empirista, criterios lógicos, simple convención o una combinación de los tres.

[3] El método científico consiste básicamente en: 1) observación de los fenómenos, 2) formulación de una hipótesis explicativa de tales fenómenos, 3) comprobación de esta hipótesis por medio de experimentos, 4) formulación de una ley de los fenómenos en términos matemáticos que le dan valor universal y necesario. Su aplicación requiere una objetivación de las realidades que estudia. Dicha objetivación -necesaria para la cuantificación y matematización de los fenómenos- es una abstracción, un artificio de método que deja fuera de sí aquellos aspectos de la realidad que fueron excluidos del método. Hasta ahí, nada ilegítimo. Lo injustificable es pretender que la vertiente objetiva de la realidad así conocida agota la realidad toda.

[4] Cf. Pour une sagesse tragique et son au-delà, Plon, Paris, 1968, pp. 291 ss. Ahí radica la falsedad del mito del eterno progreso (16), puesto que la felicidad del hombre pasa necesariamente por encontrar un sentido a su existencia.

[5] Cf. A. López Quintás, Vértigo y éxtasis, Asociación para el Progreso de las Ciencias Humanas, Madrid, 1991 y El amor humano, Edibesa, Madrid, 1991. El Profesor López Quintás señala en sus obras con vehemencia que el ideal de dominio hizo quiebra en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, tras lo cual muchos pensadores exigieron la sustitución de dicho ideal por uno ajustado al ser del hombre. Esa sustitución no se efectuó y sobrevino la Segunda Guerra Mundial, después la Guerra Fría, etc. Y aún seguimos sin cambiar de ideal. Sólo el ideal de la unidad y la solidaridad se ajusta al ser del hombre, que es un ser de encuentro. Sólo un ideal así lleva al hombre a su plenitud, mientras que el otro lo bloquea y asfixia (81).

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