Mtro. Héctor Sampieri
Desde la misión del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II, esta reflexión vincula la reciente exhortación Dilexi Te con el magisterio social de los últimos pontífices. Invita a redescubrir el papel de la familia como escuela de solidaridad y sujeto activo de transformación social.
Un arco de continuidad en el corazón de la Iglesia
Entre Rerum Novarum (1891) de León XIII y Dilexi Te (2025) de León XIV se extiende un arco de más de ciento treinta años de magisterio social, en el que la Iglesia ha leído los signos de los tiempos desde el prisma del amor cristiano y de la justicia.
En 1891, León XIII levantó la voz frente a los males nacientes de la industrialización: el trabajador reducido a mercancía, la pobreza convertida en destino, la pérdida del sentido moral del trabajo y de la comunidad. Su encíclica inauguró la Doctrina Social de la Iglesia, colocando en el centro la dignidad de la persona, el derecho a un salario justo, la función social de la propiedad y la necesidad de una solidaridad activa entre clases .
Hoy, más de un siglo después, Dilexi Te retoma ese impulso profético en un contexto distinto pero igualmente desafiante: el de una humanidad globalizada, tecnológicamente avanzada, pero herida por la indiferencia y las nuevas formas de pobreza material, relacional y espiritual.
Si León XIII denunció la “cuestión obrera”, León XIV afronta la “cuestión humana”: el riesgo de olvidar que el amor es el primer motor de toda justicia . Ambos Papas, en continuidad profunda, nos recuerdan que el cristianismo no puede ni debe desentenderse de las estructuras del mundo sin dejar de ser Evangelio vivo en las ideas, planteamientos y acciones que materializan el compromiso apostólico
La alegría de la Iglesia y el compromiso de profundizar en su Magisterio
La Iglesia entera acoge con alegría, en el día de la publicación del documento, la aparición de Dilexi Te, primer texto del Papa León XIV, con el que se inaugura un magisterio que —sin duda — será rico y profético, llamado a iluminar los desafíos espirituales y sociales de nuestro tiempo. Cada documento papal, especialmente cuando se trata de una exhortación apostólica, representa un don y una responsabilidad para todos los miembros del Pueblo de Dios: sacerdotes, religiosas, religiosos, consagrados y consagradas, así como para los fieles laicos
que viven su vocación en medio del mundo.
Conocer, estudiar y profundizar en el magisterio pontificio no es un ejercicio meramente académico, sino una forma concreta de comunión eclesial: nos une en torno a la Palabra viva que la Iglesia interpreta a la luz del Espíritu .
Por ello, ante la llegada de este documento, ofrezco a la comunidad educativa del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II —en su misión de reflexión y formación teológica en torno al matrimonio y la familia— una clave de lectura que puede ser de utilidad en el ámbito y materia que nos es propio: la familia cristiana. Desde esta perspectiva, la nueva exhortación Dilexi Te nos invita a redescubrir el lugar de la familia como primer espacio evangelizador y como actor social de acompañamiento y transformación.
La familia, primer entorno para acompañar y practicar la justicia
Dilexi Te se abre con una afirmación profundamente bíblica y humana: “He visto la opresión de mi pueblo… he oído sus gritos de dolor” . En esa escucha de Dios se funda la misión de toda la Iglesia, y particularmente la de la familia cristiana. La familia, antes que una institución social, es una experiencia viva de comunión y solidaridad; en ella se aprenden los gestos que humanizan: cuidar, escuchar, compartir.
En el siglo XIX, León XIII defendió a la familia como núcleo moral de la sociedad, llamada a sostener la virtud y la fe frente al materialismo.
En nuestro tiempo, León XIV —aunque Dilexi Te no aborde directamente el tema de la familia — ha expresado en diversas intervenciones de su magisterio inicial una profunda visión antropológica y pastoral sobre la familia como fuente de fraternidad y esperanza social. Analicemos brevemente tres intervenciones de este mismo año.
En su discurso al Cuerpo Diplomático , el Papa afirmó que “invertir en la familia, fundada sobre la unión estable entre el hombre y la mujer, es el camino más eficaz para construir sociedades armónicas y pacíficas”, recordando con palabras de León XIII que la familia es “pequeña, pero verdadera sociedad, más antigua que cualquiera otra”.
Desde esa perspectiva, la familia se convierte en modelo de fraternidad universal, imagen viva de la comunidad de los pueblos que buscan la paz fundada en la verdad y la justicia.
En su mensaje al Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida , León XIV profundiza este horizonte, recordando que las familias son “miembros vivos del Cuerpo místico de Cristo y primer núcleo eclesial al que el Señor encomienda la transmisión de la fe y del Evangelio”. Allí mismo invita a toda la Iglesia —obispos, sacerdotes y laicos— a convertirse en “pescadores de familias”, capaces de salir al encuentro de quienes se sienten alejados o heridos, para ofrecerles caminos de reconciliación, comunión y alegría.
Finalmente, en su intervención ante la Fundación Centesimus Annus , el Papa vincula la misión familiar con la formación del pensamiento crítico y el discernimiento prudente, recordando que la doctrina social de la Iglesia enseña el arte de acercarse a los problemas con serenidad, apertura y sentido de justicia. Así, la familia se revela como escuela de encuentro y discernimiento, donde se aprende a escuchar, a cuidar y a transformar la realidad con amor activo.
De este modo, el magisterio de León XIV amplía y actualiza la intuición de León XIII: la familia cristiana no sólo enseña caridad, la encarna y la transmite. Es la “Iglesia doméstica” donde la fe se hace cultura, donde se aprende a mirar al pobre con la compasión con que Dios mira al mundo, y donde germina la conversión social a la que el Papa invita con esperanza renovada.
Esta visión se inscribe en continuidad con el pensamiento de San Juan Pablo II, quien en Sollicitudo Rei Socialis propuso comprender el compromiso con los pobres no como mera asistencia, sino como una opción activa por la justicia, que brota del reconocimiento mutuo entre las personas. Tal reconocimiento —decía el Papa— se apoya en la conciencia de nuestra común dignidad y en una renovada comprensión de la interdependencia humana, llamada a transformarse en solidaridad efectiva.
Acompañar, desde la perspectiva de la familia, implica también educar en la responsabilidad social, descubrir las raíces de la desigualdad. Supone además promover estructuras sociales más humanas. En el hogar se cultiva la conciencia de que el amor verdaderamente humano rechaza toda forma de marginación. Así, la familia se convierte en el primer espacio donde se aprende a acompañar y practicar la justicia: una escuela de solidaridad que prepara a sus miembros para servir al bien común.
De la caridad social a la comunión solidaria
Rerum Novarum abrió el camino hacia una conciencia social cristiana que inspiró
cooperativas, sindicatos, instituciones educativas y obras de caridad. Dilexi Te da un paso más: pide una conversión del corazón y de la cultura, capaz de transformar no sólo las estructuras externas, sino también las relaciones humanas.
León XIV denuncia con claridad nuevas formas de pobreza, más sutiles y peligrosas, fruto de un sistema que promete engañosamente bienestar sin fraternidad. Frente a ello, la familia cristiana puede convertirse en semilla de una economía del cuidado, una pedagogía cotidiana de la justicia y una cultura de la solidaridad. En este aspecto podemos ver una clara continuidad, respecto de la responsabilidad social de la familia, con la visión aportada dentro del Magisterio del Papa Francisco .
En esta perspectiva, la caridad que se hace comunión desemboca naturalmente en una tarea: transformar las estructuras sociales desde el corazón de la vida cotidiana. Este paso del acompañamiento a la transformación encuentra su plena expresión en la misión social de la familia, llamada a ser signo visible de la justicia y la esperanza del Reino en medio del mundo.
La familia cristiana como sujeto del desarrollo integral y solidario
La doctrina social de la Iglesia ha insistido, desde León XIII hasta hoy, en la unidad entre justicia, trabajo y amor. Dilexi Te lo expresa en clave cristológica: “El Hijo de Dios, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza” . Esa lógica de donación es la que la familia está llamada a vivir y enseñar.
En esta misma línea, Benedicto XVI, en su encíclica Caritas in Veritate, recordó que el
desarrollo humano integral sólo es posible cuando la caridad se vive a la luz de la verdad . La justicia, afirmaba, es “la medida mínima de la caridad”, y el trabajo humano, cuando se orienta al servicio del otro, se convierte en expresión concreta del amor que busca el bien común.
Esa visión de Benedicto XVI profundiza la intuición de León XIII y parece anticipar el tono cristológico de Dilexi Te: no hay verdadera justicia sin caridad, ni caridad auténtica sin compromiso con la justicia. Ambas encuentran su fuente en Cristo, que con su pobreza nos enriqueció, revelando que el amor es la primera forma de verdad social.
A la luz de una lectura atenta del documento, podemos ver que León XIV retoma este
horizonte situando la caridad en el centro del discernimiento social contemporáneo. Al recordar que el amor no es una idea abstracta, sino una historia de encuentros, el Papa nos invita a reconocer que en la familia puede darse el lugar donde esa unidad entre justicia, trabajo y amor se haga visible y cotidiana.
En el hogar —primer espacio donde se aprende el valor del trabajo, la responsabilidad y la entrega mutua— se encarna la caridad en la verdad de los gestos concretos. Así, la familia cristiana prolonga en la vida diaria la dinámica de donación descrita por san Pablo y proclamada por Dilexi Te: una caridad que no se agota en el afecto, sino que transforma las estructuras humanas desde la gratuidad, la justicia y la esperanza.
En su Carta a las Familias, San Juan Pablo II recordó que la familia es una “comunidad de vida y de amor” , llamada a influir en la ciudad humana mediante su misión educativa y su capacidad de formar personas responsables. No es mera célula privada, sino sujeto social que ofrece a la comunidad los bienes de la vida, la interioridad y la responsabilidad ética. Cuando la familia vive el Evangelio compartiendo, perdonando y educando en la solidaridad, se convierte en motor de un desarrollo humano integral que trasciende lo económico. La fortaleza
de los hogares es, como afirmó el Papa fundador de nuestro Instituto, la medida del desarrollo de los pueblos. Por eso, la familia cristiana es hoy el rostro concreto de un desarrollo que une fe y justicia, comunión y compromiso social y que puede representar un rol de solución a las agudas problemáticas que enfrentamos.
Entre dos Leones, una misma invitación
Entre León XIII y León XIV se traza un hilo dorado de continuidad: ambos proclamaron el amor de Dios como respuesta a las heridas del mundo; ambos denunciaron los mecanismos que deshumanizan; y ambos devolvieron la esperanza a los pequeños.
Si el primero habló desde la fábrica y el taller, el segundo habla desde la periferia y el corazón herido de las nuevas pobrezas.
En su discurso al Colegio Cardenalicio, posterior a su elección, el Papa León XIV explicó la razón de su nombre pontificio con palabras que subrayan esta continuidad histórica:
“Precisamente, al sentirme llamado a proseguir este camino, pensé tomar el nombre de León XIV. Hay varias razones, pero la principal es porque el Papa León XIII, con la histórica encíclica Rerum Novarum, afrontó la cuestión social en el contexto de la primera gran revolución industrial y hoy la Iglesia ofrece a todos su patrimonio de doctrina social para responder a otra revolución industrial y a los desarrollos de la inteligencia artificial, que comportan nuevos desafíos en la defensa de la dignidad humana, de la justicia y del trabajo.”
Con estas palabras, León XIV revela que su pontificado se enmarca en la misma misión profética de su predecesor: discernir los signos de los tiempos a la luz del Evangelio.
Así como Rerum Novarum ofreció un camino de esperanza en medio de la industrialización, Dilexi Te ofrece hoy una brújula moral ante las transformaciones digitales y culturales que redefinen el sentido del trabajo, la justicia y la fraternidad, y que pueden representar, como hemos dicho, nuevas dimensiones de la pobreza que deben ser atendidas y corregidas.
Ambos pontífices —separados por más de un siglo— coinciden en proclamar que la respuesta cristiana a las revoluciones de la historia no es el miedo ni la ideología, sino la caridad vivida como justicia y verdad.
Desde Rerum Novarum hasta Dilexi Te, la Iglesia ha reafirmado que la justicia sin amor se vuelve fría, y el amor sin justicia se vuelve ciego. La familia cristiana, humilde y generosa, es hoy el lugar donde puede germinar la reconciliación y una verdadera renovación social.
La familia cristiana puede enseñar al mundo que la verdadera riqueza no consiste en poseer, sino en compartir; que el desarrollo integral comienza en el corazón; y que sólo una comunidad que escucha el grito de los pobres podrá oír la voz de Dios. Así, en continuidad con el espíritu de los dos Leones —XIII y XIV—, la familia cristiana sigue siendo el primer taller donde el Evangelio se hace vida y donde el amor se convierte en justicia.
Así, la conversión social a la que invita Dilexi Te se traduce, para nuestro Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II, en la tarea diaria de instaurar una auténtica cultura de la familia, donde la verdad sobre la persona humana y el amor cristiano se convierten en camino de justicia, comunión y esperanza para el mundo.
Para reflexionar “El dilema ético de la pobreza y la misión compartida”
La exhortación Dilexi Te nos recuerda que la pobreza no es sólo una cuestión económica, sino una realidad humana y espiritual que interpela la conciencia de todos. En ella se revela un dilema ético: ¿miraremos la pobreza desde la distancia o dejaremos que transforme nuestra forma de pensar, enseñar, trabajar y acompañar?
El Papa León XIV nos exhorta a una “conversión social”, entendida como el paso de la
indiferencia a la comunión, del análisis a la acción, del asistencialismo a la solidaridad. Esta conversión no se delega a las instituciones: comienza en el corazón de cada creyente y se concreta en los lugares donde servimos.
En el Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II, esta llamada adquiere un significado particular y profundamente coherente con nuestra misión institucional: instaurar una cultura de la familia a través de la investigación, la asesoría, la divulgación y la formación de especialistas en persona, matrimonio y familia.
Cada uno de los que formamos parte de su comunidad —alumnos, profesores, colaboradores, egresados y directivos— compartimos la vocación de pensar, educar y acompañar desde una mirada cristiana integral, que une la verdad sobre la persona, el matrimonio y la familia con el compromiso transformador en la sociedad.
La investigación que promovemos busca iluminar, desde la fe y la razón, los desafíos
contemporáneos que afectan al matrimonio y a la vida familiar; la formación que ofrecemos procura preparar profesionales capaces de servir a las familias en los diversos contextos sociales y pastorales; y la colaboración con las Iglesias particulares y con la Santa Sede nos impulsa a participar activamente en la renovación cultural y espiritual del mundo.
En este marco, no podemos comprender la pobreza sólo como carencia material, sino como espacio de encuentro con Cristo y con el otro: una oportunidad para ejercer la compasión activa, construir estructuras más justas y testimoniar, con la ciencia y la fe, que toda acción en favor de la familia es también una acción por la dignidad humana. Por ello, reflexionar sobre el dilema ético de la pobreza nos interpela con claridad a partir del texto que el Santo Padre León XIV nos ha regalado como medio de confirmación en la fe.
Desde esta perspectiva, las siguientes preguntas buscan ayudarnos a discernir, personal y en clave de comunidad educativa, cómo cada uno puede colaborar —desde su propio rol dentro del Instituto— en la construcción de una cultura de la familia y de la solidaridad, conforme al llamado del Papa León XIV a una Iglesia más compasiva, justa y abierta a los pobres
Preguntas para la reflexión personal y comunitaria:
-
- ¿De qué manera, en mi ámbito —académico, laboral, pastoral o familiar—, estoy atento a las
formas de pobreza que me rodean?
• ¿Qué actitudes o estructuras personales contribuyen a la indiferencia ante el sufrimiento
ajeno?
• ¿Cómo puede mi trabajo o estudio en el Instituto convertirse en una respuesta concreta a las
pobrezas de hoy: soledad, exclusión, pérdida de sentido, desarraigo?
• ¿Qué gestos cotidianos de justicia, sencillez y solidaridad puedo asumir como signo de la
conversión social a la que invita el Papa León XIV?
• ¿Cómo puede la comunidad educativa del Instituto ser testigo de un nuevo estilo de
fraternidad, que una el pensamiento teológico con el compromiso social y pastoral?
- ¿De qué manera, en mi ámbito —académico, laboral, pastoral o familiar—, estoy atento a las
¡San Juan Pablo II, ruega por nosotros y ayúdanos a ser siempre fieles!
Huixquilucan, Estado de México, 09 de octubre de 2025

