Anunciar el Evangelio a las familias.

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Nuestra aportación a la consulta de la CEM 

El 4 de agosto de 2026, la Presidencia de la Conferencia del Episcopado Mexicano dirigió a nuestro Instituto un oficio firmado por Mons. Ramón Castro Castro, Obispo de Cuernavaca y Presidente de la CEM (Prot. No. 323/26). Nos informaba que el Papa León XIV ha convocado en Roma, del 7 al 14 de octubre de 2026, un Encuentro con los jefes de las Iglesias Orientales Católicas y los presidentes de las conferencias episcopales para discernir, a diez años de Amoris laetitia, cómo anunciar hoy el Evangelio con las familias. La Santa Sede pidió expresamente que la aportación de cada Conferencia recogiera la voz de teólogos y expertos, y Mons. Castro decidió acudir a nuestro Instituto en primer lugar: ninguna otra casa de estudios en el país tiene por objeto propio las ciencias del matrimonio y la familia, ni un vínculo tan directo con la Sede Apostólica en esta materia. 

El encargo no pedía un balance complaciente, sino —en palabras del propio oficio— “una lectura crítica de estos diez años: qué caminos abrió la Exhortación en México, qué dificultades encontró su aplicación, qué resistencias persisten y qué queda por desarrollar“. Se nos pidió también hacer extensiva la invitación a nuestro claustro docente y a los alumnos de posgrado cuya investigación tocara la vida familiar. 

Cómo respondimos 

En lugar de redactar una sola voz institucional, optamos por recoger varias. A lo largo de agosto reunimos las respuestas de docentes de tiempo completo y de alumnas y alumnos de posgrado del Instituto, organizadas en torno a los cinco temas del Itinerario propuesto por la CEM: las familias de hoy, los jóvenes y la vocación matrimonial, los primeros años de matrimonio, el acompañamiento en las dificultades de la vida, y las familias como sujetos de la misión eclesial. 

Aportaron su reflexión la Dra. María Guadalupe Muñoz Durán, Luis Gerardo Dávila y Óscar Perdiz, docentes de tiempo completo del Instituto; Martín Gallegos, alumno de nuestro doctorado y profesor en Monterrey; y Ana Elizabeth Corona Barradas, Karla Margarita Farfán González y Gabriela Nicte-Ha Gómez Río, alumnas de nuestros programas de posgrado. Cada aportación se integró en un documento único, con notas al pie que permiten rastrear, pregunta por pregunta, de qué persona y de qué experiencia concreta proviene cada idea: contextos tan distintos como el sureste de México, el norte migrante hacia Estados Unidos, o la experiencia pastoral y canónica a escala nacional. 

Algunos hallazgos, de forma puntual 

Los signos de esperanza coinciden más de lo que se esperaría entre voces tan distintas: la familia extensa y el papel de los abuelos como transmisores de fe y valores; la capacidad de adaptación y la fe practicada como ancla en contextos de migración; y redes de apoyo —desde comunidades de matrimonios hasta familias que reciben a otras familias recién llegadas— que suplen, sin sustituirla, a la familia de origen. 

Los desafíos se repiten con insistencia: la precariedad laboral como detonante que golpea todo lo demás, la soledad afectiva en medio de la hiperconexión, y el desgaste que deja poco tiempo real de encuentro entre esposos e hijos. Las respuestas coinciden con Amoris laetitia al señalar que las jornadas extensas y los desplazamientos dificultan el encuentro cotidiano, y varias voces observan que, diez años después, esta realidad parece haberse agravado en vez de aliviarse. 

Sobre los jóvenes, el obstáculo más citado es el miedo: al fracaso, al compromiso, a repetir heridas vividas en casa. Se insiste en que el desafío no es simplemente pedirles que se casen, sino ayudarlos a descubrir por qué vale la pena amar y comprometerse —algo que exige testimonios cercanos más que discursos normativos. 

Sobre el acompañamiento posterior a la boda, hay consenso casi unánime en un vacío: la pastoral se concentra en la preparación y desaparece justo cuando la pareja más lo necesita. Se propone una pastoral “mistagógica” y preventiva, adaptada a los horarios y lenguajes reales de los matrimonios jóvenes.

En las situaciones difíciles, el documento recoge tanto avances como resistencias documentadas. Entre los avances, movimientos como Miserere, MARES, Familias Nuevas y EnCourage ofrecen ya itinerarios diferenciados según el tipo de herida —separación, pobreza, migración, inclusión—; se propone además una “parroquia refugio” capaz de acoger y derivar, en lugar de resolverlo todo por sí sola. Entre las resistencias, se identifican tres tipos recurrentes: el temor doctrinal a relativizar la enseñanza de la Iglesia, la estigmatización cultural dentro de la propia comunidad —señalada como la principal causa de alejamiento—, y la simple falta de formación para acompañar situaciones complejas. 

Finalmente, sobre las familias como sujetos de la misión, la convergencia es clara: se pide pasar de una pastoral que pregunta “qué podemos hacer por las familias” a una que pregunta “qué pueden aportar las familias a la misión de la Iglesia”, confiándoles responsabilidades reales de discernimiento y no solo de recepción. 

Lo que sigue 

El oficio de la CEM recuerda que, en un encuentro de obispos de todo el mundo, lo que se recuerda no es el diagnóstico sino el caso concreto. Por eso el documento que entregamos privilegia, en cada tema, una historia real —sin nombres— sobre la generalización. Confiamos en que esta pluralidad de voces, propia de una casa de estudios dedicada por vocación a la familia, aporte algo distinto a la síntesis que México llevará a Roma. 

Maestría en
Ciencias de la Familia

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